sábado, 19 de noviembre de 2011

¿La vida? Una ruleta

Todos nos habremos preguntado alguna vez, qué es la vida, porque esos bajones, porque esos momentos de tristeza.. Pues básicamente la vida es una ruleta, porque es un círculo, que gira y gira al azar, círculo que tiene tanto “casillas” buenas como malas, pero deberíamos saber que sólo hay una “casilla” mala, y las demás son buenas, por lo tanto, tienes más posibilidades de caer en las cosas buenas.

Vamos a empezar a jugar, todo te sonríe, pero estás en una ruleta, todas las cosas están dentro de ella, unas buenas, otra mala y la ruleta gira, al azar, tu sabes que si caes en una mala, lo perderás todo y volverás a empezar a jugar porque la ruleta, seguirá girando.  A medida que va girando, vas cayendo en cosas buenas, la que te hacen sentir esa felicidad del día a día, las que te hacen verte bien, sentir que estás lleno, que te gustas así como eres, pero, por desgracia, tenemos esa casilla mala, donde, lo perderás todo, y no podrás evitarlo.

En ese punto, tienes que saber que vuelve a empezar el juego. Vuelves a empezar a vivir cosas felices, a sentirte bien, y todo lo dicho anteriormente… Esto define perfectamente la  vida, todo te va bien,  hasta que te da un bajón, y la vida te parece horrenda, pero después de eso, vuelves a empezar, vuelves a sonreír y ver que la vida tiene sentido, porque, como dice el refrán <<No hay mal que por bien no venga>>

lunes, 7 de noviembre de 2011

El último adiós

Nunca me había detenido a pensar en la última vez que hice o dejé de hacer algo, algo que no he vuelto a hacer desde entonces, y que nunca podré volver a hacer. Y es que estuve pensando y nada... Nada de lo que había hecho hasta ahora me inspiraba, porque todas ellas eran cosas comunes y corrientes, sin valor alguno para mí, ya que la última vez que las hice, no supusieron nada para mí, no hicieron que sintiera nada especial, además siempre podría volverlo a hacer mañana si me apeteciera... por lo tanto, ¿Cómo te puede inspirar el haber hecho algo que lo puedes repetir las veces que quieras? No... no puede, para empezar a describir esa sensación de la última vez, tienes que encontrar algo único, algo que no podrás volver a hacer nunca más en tu vida, algo con lo que estés muy ligado emocionalmente, pero yo no tenía ese algo, no lograba encontrarlo, así que cerré los ojos y empecé a recordar, eran recuerdos muy lejanos y felices, recuerdos de mi infancia... Aquella lejana y despreocupada infancia, lo que daría por volver a tener esa inocencia, ese punto de ver las cosas, lo que daría por volver a tener esos cinco años, en los que una de mis mayores preocupaciones podía ser la regañina que iba a darme mi madre por romper la vajilla buena, o por mancharme la ropa nueva con barro... Cosas que ahora me parecen tonterías, pero que en esos años eran problemas muy serios para mí.

“Recuerdo a mis primos, mi hermana, y las travesuras que hacíamos.
Recuerdo los días en casa de mi abuelo, las horas que pasaba con él, las historias que me contaba, y las tardes de domingo en su regazo, respondiendo mis dudas existenciales de entonces... Después yo me despedía de él, e iba acostarme... “

Al recordar esto, un profundo dolor inunda todo mi cuerpo... Y es que ahora, solo ahora, recordando, me he fijado en la cara de mí abuelo al despedirse de mí, en su rostro hay una expresión de cariño, de orgullo, de tristeza... En lo más profundo de sus ojos hay tristeza, tristeza por saber que algún día morirá, que no llegará a verme crecer, que no conocerá a sus bisnietos, que no estará siempre a mi lado, como él me prometía cada día antes de ir a acostarme, para que yo pudiera dormir tranquilo... Nunca me había parado a pensar lo doloroso que debía ser para él, hacerme esa promesa, sabiendo que no podría cumplirla ... Ahora, al ver su rostro marcado por las arrugas, propias de la edad, y de los malos tragos que le hizo pasar la vida... No puedo dejar de pensar que ya no está a mi lado, que nunca más volveré a ver ese rostro, que nunca más volveré a escuchar su voz, una voz armoniosa, que transmite tranquilidad, una voz que me hacía pensar, que realmente todo podía salir bien… Nunca volveré a oírla… Nunca más volveré a ver sus ojos, su mirada, una mirada serena que infundía tranquilidad, paz, bienestar, una mirada que veía más allá de lo material, que parecía que lo supiese todo, que sabía que algún día no estaría a mi lado, que sabía cosas, que por aquel entonces yo no era capaz ni de imaginar.

  Ahora recuerdo todas las veces que me despedí de él, y siempre tenía esa mirada en los ojos, como si fuera la última vez que me viera… Los años van pasando, y él cada día es más mayor, parece que esté más cansado de la vida, y sin embargo sigue con la rutina, lo intenta disimular, pero lo veo, lo veo en sus ojos, cada día le es más difícil seguir vivo, cada segundo que pasa le cuesta más, pero sigue intentándolo… Y sinceramente, espero que fuera por él, por su vida, y no por mí, no por los demás, espero que no fuera por cumplir las promesas que hizo en su vida, como la que me hizo a mí, la de estar siempre a mi lado.

El tiempo pasa muy deprisa, ahora ya tengo unos doce años, y recuerdo las últimas vacaciones que pasamos con él, es navidad, fuera hace frío, y estamos en casa, mis padres no están allí, como de costumbre, mis padres nunca están cerca, de hecho, mi hermana tampoco está, ni mi abuela, sólo estamos, él, yo, y mi hermana pequeña… Yo estoy sentado en la silla, mirando a mi abuelo jugar con mi hermana, enseñarle a hablar, y tenerla en su regazo… es como una visión de mi pasado, porque conmigo era igual, pero hay algo distinto, mi abuelo está débil, muy débil, se le nota, es como si le doliera respirar, le cuesta coger aire, y su mirada es más profunda y triste que nunca, una mirada capaz de hacer llorar a la persona más feliz del mundo, una mirada capaz de romper en dos el sensible alma de un poeta… El final está cerca, y él lo sabe, él lo sabe… ¿por qué yo no me di cuenta? ¿por qué no me fijé en su mirada entonces? ¿por qué?, se nota a kilómetros que algo no va bien… ¿por qué yo no me di cuenta entonces?

Él se comportaba de manera distinta, lo disfrutaba todo como si fuera la última vez, la última vez… ¡Cuánto sentido tienen esas palabras ahora!, la última vez... Claro que lo vivía todo muy intenso, porque realmente era la última vez que lo viviría, y él lo sabía. Lo que más me duele de todo, es no haberlo disfrutado yo, el no haberlo vivido como la última vez, porque de hecho, aunque yo no lo supiera, lo era… Esos días, eran los últimos días que pasaría con mi abuelo, el que me prometió que siempre estaría conmigo… Y el que se despidió de mí como hacía siempre sin ni siquiera avisarme que sería la última vez que lo haría, la última vez que le vería vivo, la última vez que podría abrazarle sintiendo su calor, sabiendo que su corazón estaba latiendo, … sabiendo que sería la última vez que le vería vivo.

“Me duele, abuelo, me duele mucho que no me lo dijeras, si realmente lo sabías, si sabías que no te volvería a ver vivo, tendrías que habérmelo dicho, no me habría marchado así… ¡No me habría marchado!”

 Os voy a decir cómo fue la despedida, deja mucho que desear por mi parte… Buscando entre los recuerdos, intenté encontrar la última vez que hice algo, algo que no podré volver a hacer nunca, lo creía imposible, pero aquí está, “La última vez que vi a mi abuelo vivo”:

Recuerdo el final de las vacaciones, las maletas ya estaban en el coche, sólo faltaba decir adiós y marcharse.

Fui a darles un beso y un abrazo a mis abuelos, como era costumbre antes de irnos, antes de volver a España. Abracé a mi abuela y fui en busca de mi abuelo, mis padres me habían dicho que estaba enfermo, pero que no era grave, que con las medicinas se curaría, y allí estaba, en el umbral de la puerta, con los ojos resplandecientes, llenos de lágrimas, lágrimas que se estaba tragando para que yo no le viera llorar, y de nuevo esa mirada, ahora más marcada que nunca, está claro… Él sabía que esa era la última vez que se despediría de mí… Pero sólo lo sabía él. Me dio un abrazo que entonces pensé que no se acabaría nunca, yo estaba cansado y no me gustaban las despedidas, lo que quería era un abrazo rápido, dos besos, y poder subir al coche con la conciencia tranquila de haber cumplido con el hecho de despedirme. Después de lo que me pareció una eternidad, mi abuelo me soltó, y una lágrima resbalaba por su mejilla, yo… un ignorante de la vida por aquel entonces, le pregunté qué era lo que le pasaba, él dijo que le dolía el estómago, yo, recuerdo haberle dicho que no se preocupara, porque mi hermana estudiaría medicina, y que si las pastillas no le curaban, lo haría ella. Entonces, otra lágrima resbaló por su mejilla, y yo se la limpié y le dije que no llorara, él dijo que no, que ya no le dolía, y que me estaría esperando, a mí y a mi hermana, porque él quería que mi hermana fuera médico, y que ella le tratara, entonces, me dio otro abrazo, me besó tiernamente la frente y me dijo que entrara en el coche.

Los demás ya estaban dentro, sólo faltaba yo, subí y arrancó el motor, yo sentía una sensación muy rara, como si algo no fuera bien, imaginaciones mías pensé… Me di la vuelta, para mirar por última vez a mi abuelo, estaba llorando, y estaba diciendo adiós con la mano, yo le correspondí al saludo, el coche ya se estaba alejando, y yo veía las lágrimas resbalar por el rostro de mi abuelo, estaba llorando, como nunca antes lo había hecho… En ese momento me invadió una sensación de profunda tristeza… La misma que siento ahora, al recordar la despedida.


 Ahora, más que nunca, estoy seguro de que lo sabía, él sabía que esos eran, los últimos instantes que pasaríamos juntos… Pero sólo lo sabía él.

Poco tiempo después, mi abuelo empezó a enfermar gravemente, iba de hospital en hospital, nadie sabía lo que tenía, cada médico le prescribía una cosa, se contradecía los unos a los otros, y un año después mi abuelo se estaba muriendo, no sé si por tantas medicinas le habían destrozado el estómago, o por la propia enfermedad, pero se estaba muriendo, llamaron a mi madre, y le preguntaron si podía ir a Rumanía, porque mi abuelo, no duraría más de una semana, nos fuimos al día siguiente, conducimos durante toda la noche, pero no llegamos a tiempo… A las tres de la madrugada, en una carretera de Austria, llegó un mensaje diciendo que fuéramos con cuidado por la carretera, que fuéramos más despacio, que ya era tarde, que mi abuelo había muerto… Lloré toda la noche, lloré en silencio y lo único que hacía era repetir una y otra vez, lleno de rabia: ¿Cómo has podido hacerme esto? Me lo habías prometido, estarías conmigo para siempre… Y me dormí repitiéndomelo una y otra vez… sin ser capaz de pensar ninguna otra cosa.

Ahora, cuatro años después, me pregunto:

¿Por qué no me espero para despedirse de mí?

Igual porque él ya lo había hecho cuatro años atrás… Y no quería que yo le viera en ese estado, sufriendo y vomitando sangre, igual no quería que ese fuera el último recuerdo que tuviera de él, débil, muriéndose ante mí, pero sinceramente, creo que había preferido eso, al último recuerdo que yo tengo de él, de pie, en medio de  la calle, bajo la lluvia otoñal, despidiéndose con una mano y con la cara empapada de lágrimas, y esa mirada, llena de dolor, sabiduría, añoranza, esa mirada serena, que lo sabía todo, que sabía que esa era la última vez que se despedía de mi…



miércoles, 2 de noviembre de 2011

La vida

                Hay veces en la vida, en la que te quedas mirando la vida pasar, veces en las que piensas en tu futuro y en tu pasado, y llegas a la conclusión de que de la tierra sales y que en la tierra acabas.

Realmente, si queremos mirarlo por este lado, lo único en que piensas es en tener un buen trabajo en el futuro, conseguir vivir lo más cómodo posible, y trabajas toda tu vida para conseguir ese sueño y al conseguirlo, ya te da igual, porque, todos nosotros, tenemos una ilusión de conseguir un objetivo, e insistimos en conseguirlo, pero una vez lo tenemos, ya no nos importa, ya no tenemos esa ilusión, y buscamos otros objetivos. Es como un niño pequeño, que quiere conseguir un juguete, e insiste e insiste hasta tenerlo, pero una vez lo tiene, juega dos días con el, y lo deja de lado por otras cosas. Pues pasa absolutamente lo mismo, trabajamos toda la vida para conseguir dichas cosas, y llegamos a una edad, donde ya tenemos eso, pero nos damos cuenta que realmente eso no nos llena, pero decimos que al menos, lo habremos hecho para nuestros hijos, para que ellos puedan vivir mejor. Cuando llegas a ese punto, ya no tienes ningún objetivo y aún que lo tengas, puede ser ya demasiado tarde para conseguirlo, y lo que realmente te hace feliz es el hecho de ver a toda la familia, reunidos de vez en cuando, bajo el mismo techo, ese techo el cual tú has tardado una vida en conseguir, y que era tu principal objetivo, pero en el que, en muchos casos, la familia no puede perder más de ocho horas para viajar y reunirse todos bajo ese mismo techo. Realmente, en mi caso, tardo 24 horas en llegar a dicho techo, y, al llegar, veo las caras y…. es algo indescriptible. Recuerdo el hecho de reunirnos todos en la misma mesa, la enorme alegría que rebosa en el ambiente, las lágrimas de felicidad, las risas… Recuerdo los rostros de mis abuelos, de mi familia, tanto al recibirnos, como al despedirnos, siempre llenos de lágrimas, unas veces de felicidad, y otras de tristeza.

Realmente con esto lo que quiero decir, es que todos tenemos un objetivo en la vida, y lo conseguiremos tarde o temprano, pero luego qué, sólo nos quedará la familia, los amigos… Así que disfrutar todo el tiempo que podáis, pasároslo en grande y divertiros, porque en esta vida, podéis ser más serios, sí, pero lo único que conseguiréis es que se os haga más larga la vida. También digo, que los que tengáis el privilegio de visitar a vuestra familia, hacerlo siempre que podáis y disfrutar cada momento junto a ella, porque es extraño, pero al final siempre nos acordamos de los buenos momentos, y esos recuerdos nunca se olvidan.

domingo, 3 de julio de 2011

16 años, época de reflexión, y de "suerte" en mi caso.

16 años, quien lo iba a decir, ya me quedan dos años para ir a la cárcel, como cita Marcos en uno de las trillonadas de mensajes que he recibido, intentando contestar siempre con un toque original, y como no, sin copy&paste. 


        En 16 años, la vida te enseña muchas cosas, te enseña quien eres, con quien andas, si te quieren, si te odian, te enseña miles de cosas, que aunque tu no te des cuenta, las aprendes. He cumplido 16 años, y este día lo he celebrado con toda la gente que más quiero, que siempre ha estado ahí, o que son lo mejor de lo mejor. En 16 años he aprendido a levantarme de las caídas, a deprimirme y a sonreír sabiendo que deprimido no conseguiría nada de nada, he aprendido a desesperarme, pero a ser paciente a la vez, y muchas cosas más, de las que no hace falta que me enrolle más.


         Este año en concreto, ha sido el más especial para mi, he conseguido que los amigos me quieran por como soy, he conseguido con mucho esfuerzo, aprobar todas las asignaturas, quién lo diría, eh, he averiguado lo que son las SOSIONES, y muchas cosas más, por eso, sin enrollarme, solo quiero decir que muchas gracias a TODOS VOSOTROS por estar conmigo y por celebrar este día tan genial junto a mi. Os quiero.

jueves, 21 de abril de 2011

Sin poder decirte adiós...

        En un parque, en un precioso parque verde, bajo un precioso ocaso, se veían y oían los árboles meciéndose al paso del viento, las diáfanas sombras de los árboles a la puesta del sol, los jilgueros cantando sus canciones, los niños corretear por los pedregosos caminos y las acarameladas parejas, sentadas en los bancos, el uno junto al otro, acurrucados para darse calor en esa gélida tarde de primavera.
            Ahí estaba yo, sentada junto a él, junto a mi lucero del alba, cuyas caricias había dejado de sentir momentos antes a causa del frígido viento que soplaba con fuerza, impasible a todo aquello que se cernía a su alrededor. En esos efímeros momentos, yo solamente era capaz de pensar: Bésame, como tú sabes, como yo te pido, como el tiempo te ha enseñado, como tu ser te lo permita... como si fuera la última vez. ¿Quién me diría a mí que, efectivamente, ese sería el último beso de todos? En lo más profundo de mi ser, sentía esa sensación de hormigueo en el estómago, esa incandescencia propio de cualquier enamorado, cual caída libre en una espiral infinita que haga que todo gire a una vertiginosa velocidad y el tiempo se detenga. Ya no sentía el frío en los huesos, no me percaté siquiera del ocaso, que hacía ya tiempo había desaparecido. Tan sólo era capaz de sentir sus cálidos, tiernos y apasionados labios.
-Creo que deberíamos marcharnos ya, es muy tarde. – dijo él.
-Como tú veas. – contesté sin ganas de que acabara ese día.
Semanas después, me regaló un anillo. Era nuestro aniversario, celebrábamos nuestro primer año juntos, disfrutando de una romántica cena a la luz de las velas, siendo la luna nuestro único testigo. Al acabar la cena, compartimos un paseo por nuestro parque, el mismo parque donde semanas antes presenciábamos el ocaso. Pero en esta ocasión ya era tarde, el parque estaba vacío, nadie en los alrededores, tan sólo nosotros, sólo él y yo. Mil y una cosas rondaban por mi cabeza, miles de pensamientos, palabras que deseé haberle dicho, palabras que me hubieran gustado oír, gritos ahogados que nunca salieron de mi garganta, lágrimas que nunca asomaron a sus ojos, fugaces miradas que decían lo que necesitábamos oír, y entre caricias, besos y suspiros, se hicieron las tantas de la madrugada y teniendo nuestra mutua compañía nos rendimos a la comodidad de nuestro banco, aquel banco que tantas veces fue testigo de nuestro amor.
-Una cena magnífica- le dije.
-¿Magnífica? Más que eso, apoteósica, inolvidable, imperfectamente perfecta o perfectamente imperfecta, lo dejo a tu elección, íntima y transcendente, aunque ni tan siquiera con todos los adjetivos del mundo la podríamos describir- me respondió.
-¿Ves? Me preguntaste ¿por qué tú?, ¿por qué te elegí a ti?,  ¿por qué te quiero?              ¿Cómo podría no quererte?
-Son sólo palabras, palabras que cualquier charlatán podría pronunciar.
- Y sin embargo, nadie lo hace…Porque no las sienten tal vez, porque a pesar de ser sólo palabras, pierden toda virtud si no tienen la particular secuencia que adquieren al salir por tus labios.- Tras un largo silencio, dije : - Es tarde ya, debería irme a casa. Mis padres me estarán esperando. – comenté.
- Siempre tus padres... – dijo con voz monótona.
-Sí, mis padres, ¿qué pasa con ellos? -  respondí enfadada.
-¿Qué pasa con ellos?, que esto va de tú y yo, de nosotros, no de ellos. Ellos ya vivieron su historia, ahora nosotros viviremos la nuestra. No entiendo porque dejas que se entrometan, esto no les incumbe.
            Al oír esas palabras, una sensación de asfixia inundó hasta la parte más pequeña de mi ser, como si alguien te oprimiera el pecho y no te dejara respirar. Sentía que mi cuerpo se volvía más pesado por momentos. Todo aquello en lo que creía, todo lo que rodeaba caía cual muralla derribada ante la superioridad del enemigo. Me sentía incapaz de asimilar lo que acababa de oír. Parecía imposible que él dijera algo así.
 Una preciosa noche, una magnífica cena, un inolvidable paseo, todos ellos convertidos en la cara opuesta de la moneda. Una estúpida noche, en la que mantuvimos una estúpida discusión, entre gritos e injurias. Salí corriendo, como un alma despavorida, luchando por el camino conmigo misma y reprochándole una y otra vez el porqué de sus palabras, incapaz de dirigirle ninguna otra palabra que no fuera:
 - <<Estúpido, estúpido y estúpido>>.  Al llegar a casa, me enjugué las lágrimas que corrían por mi cara cual río caudaloso. Estaba cansada, mi cuerpo ya no aguantaba más. Cerré los ojos, aún enlagrimados, me rendí al sueño y viajé una vez más al mundo de los sueños un mundo enteramente mío donde todo salía conforme a mis deseos. Al amanecer de un nuevo día, él intentó dar conmigo de todas las maneras que se pueda imaginar, sin obtener respuesta alguna. Desgraciadamente, un día, sucedió algo que nunca debió ocurrir, no a él: Era tarde, un sombrío domingo, salió de una floristería, con un ramo de flores, acompañado de una nota que oraba: ‘’Necesito ver tus ojos, perderme navegando por ellos, y sentir que las fuerzas me abandonan cuando tu intensa mirada me atraviesa el alma, como adivinando cada pensamiento que pasa por mi cabeza. Si no es tarde para mí, me gustaría poder verlos una vez más. ’’ Tanta fue la mala suerte, que al cruzar la calle, sufrió un atroz ataque llevado a cabo por un indigente armado, cuyo único propósito era conseguir un par de monedas para comprar otro cartón de vino que le permitiera un día más olvidarse del mundo que le rodeaba y de la crueldad presente en cada esquina. Su intención no era matarle, ni mucho menos, pero Martín, ensimismado en sus pensamientos dio un brinco, situación que, el mendigo aun ebrio, interpretó como un ataque a su persona, y sin meditar la situación, en un intento de autodefensa, ante un peligro inexistente,  clavó el cuchillo en la espalda de Martín.  Rasgó su chaqueta, después su camisa y, por último, su piel, penetrando en lo más profundo de su torso, siendo tal la mala suerte, que desgarró el músculo cardíaco, privando a su cuerpo del único órgano que le mantenía con vida, su corazón.
‘’No puede ser, es imposible, estas cosas no suceden en la realidad’’ pensaba yo una y otra vez.
Varios meses más tarde, seguía autoculpándome de su muerte, ya que a mi parecer, yo tenía parte de esa culpa. Recorría una y otra vez los caminos que juntos solíamos transitar, solía ir a aquellos peculiares lugares que ambos frecuentábamos, siempre pensando que estaría, deseando encontrarlo, pero sabiendo que él nunca volvería a recorrerlos. Cada tarde, al igual que las anteriores, iba al parque, y me ocupaba aquel banco que tiempo atrás compartíamos los dos, y que siempre sería nuestro.
Permanecía sentada, hora tras hora mirando a los niños jugar, contemplando el atardecer de otro día que, sin él, llegaba a su fin. Impasible, observaba la gente apresurada por llegar a un sitio u otro y, sólo era capaz de recordar los efímeros momentos que compartíamos los dos cuando él aún estaba vivo. Me preguntaba una y otra vez, ¿por qué te has ido?, ¿por qué discutimos aquella noche?, ¿por qué te sigo queriendo? por qué, por qué y por qué…
            Por última vez, me senté en el banco como siempre solía hacer, dejé que el viento me azotara en la cara, pero aquella vez, de forma diferente a todas las demás, un sentimiento de nostalgia, deseo de despedida, y sensación de alivio corría por mis venas. Sentí su presencia en el gélido viento, en una cálida ráfaga que se enredó en mi pelo, y acarició mi cara, recordando así el tacto de su piel. En ese instante lo vi claro, mi existencia en este mundo ya no tenía sentido, no si no era capaz de verte como un mero recuerdo feliz, algo hermoso e infinito, algo atemporal e incorpóreo, que va más allá de los recuerdos y que sin embargo no deja de ser uno.  En ese instante podía recordar su rostro, podía recordar su sonrisa de blancos dentellados, recordar sus ojos, recordar y recordar, preguntándome, por última vez, por qué te fuiste sin decirme te quiero, por qué te fuiste sin poder darme un beso, por qué te fuiste sin poder decirme adiós.


                       

martes, 29 de marzo de 2011


Un profesor en su clase de Filosofía, sin decir palabra, cogió un frasco grande y vacío de mayonesa y lo llenó con pelotas de golf.
Luego preguntó a sus estudiantes si el frasco estaba lleno y ellos estuvieron de acuerdo en decir que si.
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De nuevo, sin decir nada, el profesor cogió una caja llena de canicas y la vació dentro del frasco de mayonesa.
Las canicas llenaron los espacios vacíos entre las pelotas de golf.
El profesor volvió a preguntar a los estudiantes si el frasco estaba lleno y ellos volvieron a decir que si.
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Luego…el profesor cogió una caja con arena y la vació dentro del frasco.
Por supuesto, la arena llenó todos los espacios vacíos, y el profesor preguntó nuevamente si el frasco estaba lleno.
En esta ocasión los estudiantes respondieron con un ‘si’ unánime.
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El profesor enseguida agregó 2 tazas de café al contenido del frasco y efectivamente llenó todos los espacios vacíos entre la arena.
Los estudiantes reían en esta ocasión.
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Cuando la risa se apagaba, el profesor dijo:
‘QUIERO QUE SE DEN CUENTA QUE ESTE FRASCO REPRESENTA LA VIDA’.
Las pelotas de golf son las cosas importantes como la familia, los hijos, la salud, los amigos, …
Son cosas que, aún si todo lo demás lo perdiéramos y solo éstas quedaran, nuestras vidas aún estarían llenas.
Las canicas son las otras cosas que importan, como el trabajo, la casa, el coche, etc.
La arena es todo lo demás… las pequeñas cosas.
‘Si ponemos primero la arena en el frasco, no habría espacio para las canicas ni para las pelotas de golf.
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Lo mismo ocurre con la vida’.
Si gastamos todo nuestro tiempo y energía en las cosas pequeñas, nunca tendremos lugar para las cosas realmente importantes.
Presta atención a las cosas que son cruciales para tu felicidad.
Juega con tus hijos,
dedica tiempo a revisar tu salud,
ve con tu pareja a cenar,
practica tu deporte o afición favoritos,
siempre quedará tiempo para limpiar la casa y reparar la llave del agua.
Ocúpate de las pelotas de golf primero, de las cosas que realmente importan.
Establece tus prioridades, el resto es solo arena…
Uno de los estudiantes levantó la mano y preguntó qué representaba el café..
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El profesor sonrió y dijo:
‘Que bueno que me hagas esta pregunta… Sólo es para demostraros, que no importa cuan ocupada tu vida pueda parecer, siempre hay lugar para un par de tazas de café con un amigo.’
Cuando te sientas agobiado, cuando 24 horas al día no sean suficientes… Recuerda el frasco de mayonesa y el café!
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miércoles, 2 de marzo de 2011

Somos cientos de personas, que diariamente usamos la palabra ''negrata'' o cosas similiares, sin pensar las consecuencias que eso lleva. Una persona de diferente nacionalidad, sea así africa u otras, escuchan muchísimo esa obscena palabra cuyo único fin es hacer pasar un buen rato a los amigos. Personalmente, usamos mucho esa palabra, pero no por eso nos consideramos racistas, en cambio, hay otras personas que sí. NO AL RACISMO.

lunes, 28 de febrero de 2011


Y ya llega esa semana, tan aterradora que nunca parece acabarse donde los exámenes nos atacan por todas partes, no te dejan tiempo de disfrutar de lo que hay a tu alrededor y tienes que estar siempre con un libro estudiando. Esa temporada donde todo el mundo te parece de color negro, resulta extraño quizás y te comportas de esa manera tan extraña y frívola. Pero, después de esa temporada de exámenes, viene la fiesta, y con ella toda la felicidad del mundo. No eres el único que la sufre, y mi consejo es intenta disfrutarla a más no poder, así se te hará menos amena. Mucha Suerte.