lunes, 7 de noviembre de 2011

El último adiós

Nunca me había detenido a pensar en la última vez que hice o dejé de hacer algo, algo que no he vuelto a hacer desde entonces, y que nunca podré volver a hacer. Y es que estuve pensando y nada... Nada de lo que había hecho hasta ahora me inspiraba, porque todas ellas eran cosas comunes y corrientes, sin valor alguno para mí, ya que la última vez que las hice, no supusieron nada para mí, no hicieron que sintiera nada especial, además siempre podría volverlo a hacer mañana si me apeteciera... por lo tanto, ¿Cómo te puede inspirar el haber hecho algo que lo puedes repetir las veces que quieras? No... no puede, para empezar a describir esa sensación de la última vez, tienes que encontrar algo único, algo que no podrás volver a hacer nunca más en tu vida, algo con lo que estés muy ligado emocionalmente, pero yo no tenía ese algo, no lograba encontrarlo, así que cerré los ojos y empecé a recordar, eran recuerdos muy lejanos y felices, recuerdos de mi infancia... Aquella lejana y despreocupada infancia, lo que daría por volver a tener esa inocencia, ese punto de ver las cosas, lo que daría por volver a tener esos cinco años, en los que una de mis mayores preocupaciones podía ser la regañina que iba a darme mi madre por romper la vajilla buena, o por mancharme la ropa nueva con barro... Cosas que ahora me parecen tonterías, pero que en esos años eran problemas muy serios para mí.

“Recuerdo a mis primos, mi hermana, y las travesuras que hacíamos.
Recuerdo los días en casa de mi abuelo, las horas que pasaba con él, las historias que me contaba, y las tardes de domingo en su regazo, respondiendo mis dudas existenciales de entonces... Después yo me despedía de él, e iba acostarme... “

Al recordar esto, un profundo dolor inunda todo mi cuerpo... Y es que ahora, solo ahora, recordando, me he fijado en la cara de mí abuelo al despedirse de mí, en su rostro hay una expresión de cariño, de orgullo, de tristeza... En lo más profundo de sus ojos hay tristeza, tristeza por saber que algún día morirá, que no llegará a verme crecer, que no conocerá a sus bisnietos, que no estará siempre a mi lado, como él me prometía cada día antes de ir a acostarme, para que yo pudiera dormir tranquilo... Nunca me había parado a pensar lo doloroso que debía ser para él, hacerme esa promesa, sabiendo que no podría cumplirla ... Ahora, al ver su rostro marcado por las arrugas, propias de la edad, y de los malos tragos que le hizo pasar la vida... No puedo dejar de pensar que ya no está a mi lado, que nunca más volveré a ver ese rostro, que nunca más volveré a escuchar su voz, una voz armoniosa, que transmite tranquilidad, una voz que me hacía pensar, que realmente todo podía salir bien… Nunca volveré a oírla… Nunca más volveré a ver sus ojos, su mirada, una mirada serena que infundía tranquilidad, paz, bienestar, una mirada que veía más allá de lo material, que parecía que lo supiese todo, que sabía que algún día no estaría a mi lado, que sabía cosas, que por aquel entonces yo no era capaz ni de imaginar.

  Ahora recuerdo todas las veces que me despedí de él, y siempre tenía esa mirada en los ojos, como si fuera la última vez que me viera… Los años van pasando, y él cada día es más mayor, parece que esté más cansado de la vida, y sin embargo sigue con la rutina, lo intenta disimular, pero lo veo, lo veo en sus ojos, cada día le es más difícil seguir vivo, cada segundo que pasa le cuesta más, pero sigue intentándolo… Y sinceramente, espero que fuera por él, por su vida, y no por mí, no por los demás, espero que no fuera por cumplir las promesas que hizo en su vida, como la que me hizo a mí, la de estar siempre a mi lado.

El tiempo pasa muy deprisa, ahora ya tengo unos doce años, y recuerdo las últimas vacaciones que pasamos con él, es navidad, fuera hace frío, y estamos en casa, mis padres no están allí, como de costumbre, mis padres nunca están cerca, de hecho, mi hermana tampoco está, ni mi abuela, sólo estamos, él, yo, y mi hermana pequeña… Yo estoy sentado en la silla, mirando a mi abuelo jugar con mi hermana, enseñarle a hablar, y tenerla en su regazo… es como una visión de mi pasado, porque conmigo era igual, pero hay algo distinto, mi abuelo está débil, muy débil, se le nota, es como si le doliera respirar, le cuesta coger aire, y su mirada es más profunda y triste que nunca, una mirada capaz de hacer llorar a la persona más feliz del mundo, una mirada capaz de romper en dos el sensible alma de un poeta… El final está cerca, y él lo sabe, él lo sabe… ¿por qué yo no me di cuenta? ¿por qué no me fijé en su mirada entonces? ¿por qué?, se nota a kilómetros que algo no va bien… ¿por qué yo no me di cuenta entonces?

Él se comportaba de manera distinta, lo disfrutaba todo como si fuera la última vez, la última vez… ¡Cuánto sentido tienen esas palabras ahora!, la última vez... Claro que lo vivía todo muy intenso, porque realmente era la última vez que lo viviría, y él lo sabía. Lo que más me duele de todo, es no haberlo disfrutado yo, el no haberlo vivido como la última vez, porque de hecho, aunque yo no lo supiera, lo era… Esos días, eran los últimos días que pasaría con mi abuelo, el que me prometió que siempre estaría conmigo… Y el que se despidió de mí como hacía siempre sin ni siquiera avisarme que sería la última vez que lo haría, la última vez que le vería vivo, la última vez que podría abrazarle sintiendo su calor, sabiendo que su corazón estaba latiendo, … sabiendo que sería la última vez que le vería vivo.

“Me duele, abuelo, me duele mucho que no me lo dijeras, si realmente lo sabías, si sabías que no te volvería a ver vivo, tendrías que habérmelo dicho, no me habría marchado así… ¡No me habría marchado!”

 Os voy a decir cómo fue la despedida, deja mucho que desear por mi parte… Buscando entre los recuerdos, intenté encontrar la última vez que hice algo, algo que no podré volver a hacer nunca, lo creía imposible, pero aquí está, “La última vez que vi a mi abuelo vivo”:

Recuerdo el final de las vacaciones, las maletas ya estaban en el coche, sólo faltaba decir adiós y marcharse.

Fui a darles un beso y un abrazo a mis abuelos, como era costumbre antes de irnos, antes de volver a España. Abracé a mi abuela y fui en busca de mi abuelo, mis padres me habían dicho que estaba enfermo, pero que no era grave, que con las medicinas se curaría, y allí estaba, en el umbral de la puerta, con los ojos resplandecientes, llenos de lágrimas, lágrimas que se estaba tragando para que yo no le viera llorar, y de nuevo esa mirada, ahora más marcada que nunca, está claro… Él sabía que esa era la última vez que se despediría de mí… Pero sólo lo sabía él. Me dio un abrazo que entonces pensé que no se acabaría nunca, yo estaba cansado y no me gustaban las despedidas, lo que quería era un abrazo rápido, dos besos, y poder subir al coche con la conciencia tranquila de haber cumplido con el hecho de despedirme. Después de lo que me pareció una eternidad, mi abuelo me soltó, y una lágrima resbalaba por su mejilla, yo… un ignorante de la vida por aquel entonces, le pregunté qué era lo que le pasaba, él dijo que le dolía el estómago, yo, recuerdo haberle dicho que no se preocupara, porque mi hermana estudiaría medicina, y que si las pastillas no le curaban, lo haría ella. Entonces, otra lágrima resbaló por su mejilla, y yo se la limpié y le dije que no llorara, él dijo que no, que ya no le dolía, y que me estaría esperando, a mí y a mi hermana, porque él quería que mi hermana fuera médico, y que ella le tratara, entonces, me dio otro abrazo, me besó tiernamente la frente y me dijo que entrara en el coche.

Los demás ya estaban dentro, sólo faltaba yo, subí y arrancó el motor, yo sentía una sensación muy rara, como si algo no fuera bien, imaginaciones mías pensé… Me di la vuelta, para mirar por última vez a mi abuelo, estaba llorando, y estaba diciendo adiós con la mano, yo le correspondí al saludo, el coche ya se estaba alejando, y yo veía las lágrimas resbalar por el rostro de mi abuelo, estaba llorando, como nunca antes lo había hecho… En ese momento me invadió una sensación de profunda tristeza… La misma que siento ahora, al recordar la despedida.


 Ahora, más que nunca, estoy seguro de que lo sabía, él sabía que esos eran, los últimos instantes que pasaríamos juntos… Pero sólo lo sabía él.

Poco tiempo después, mi abuelo empezó a enfermar gravemente, iba de hospital en hospital, nadie sabía lo que tenía, cada médico le prescribía una cosa, se contradecía los unos a los otros, y un año después mi abuelo se estaba muriendo, no sé si por tantas medicinas le habían destrozado el estómago, o por la propia enfermedad, pero se estaba muriendo, llamaron a mi madre, y le preguntaron si podía ir a Rumanía, porque mi abuelo, no duraría más de una semana, nos fuimos al día siguiente, conducimos durante toda la noche, pero no llegamos a tiempo… A las tres de la madrugada, en una carretera de Austria, llegó un mensaje diciendo que fuéramos con cuidado por la carretera, que fuéramos más despacio, que ya era tarde, que mi abuelo había muerto… Lloré toda la noche, lloré en silencio y lo único que hacía era repetir una y otra vez, lleno de rabia: ¿Cómo has podido hacerme esto? Me lo habías prometido, estarías conmigo para siempre… Y me dormí repitiéndomelo una y otra vez… sin ser capaz de pensar ninguna otra cosa.

Ahora, cuatro años después, me pregunto:

¿Por qué no me espero para despedirse de mí?

Igual porque él ya lo había hecho cuatro años atrás… Y no quería que yo le viera en ese estado, sufriendo y vomitando sangre, igual no quería que ese fuera el último recuerdo que tuviera de él, débil, muriéndose ante mí, pero sinceramente, creo que había preferido eso, al último recuerdo que yo tengo de él, de pie, en medio de  la calle, bajo la lluvia otoñal, despidiéndose con una mano y con la cara empapada de lágrimas, y esa mirada, llena de dolor, sabiduría, añoranza, esa mirada serena, que lo sabía todo, que sabía que esa era la última vez que se despedía de mi…



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