En un parque, en un precioso parque verde, bajo un precioso ocaso, se veían y oían los árboles meciéndose al paso del viento, las diáfanas sombras de los árboles a la puesta del sol, los jilgueros cantando sus canciones, los niños corretear por los pedregosos caminos y las acarameladas parejas, sentadas en los bancos, el uno junto al otro, acurrucados para darse calor en esa gélida tarde de primavera.
Ahí estaba yo, sentada junto a él, junto a mi lucero del alba, cuyas caricias había dejado de sentir momentos antes a causa del frígido viento que soplaba con fuerza, impasible a todo aquello que se cernía a su alrededor. En esos efímeros momentos, yo solamente era capaz de pensar: Bésame, como tú sabes, como yo te pido, como el tiempo te ha enseñado, como tu ser te lo permita... como si fuera la última vez. ¿Quién me diría a mí que, efectivamente, ese sería el último beso de todos? En lo más profundo de mi ser, sentía esa sensación de hormigueo en el estómago, esa incandescencia propio de cualquier enamorado, cual caída libre en una espiral infinita que haga que todo gire a una vertiginosa velocidad y el tiempo se detenga. Ya no sentía el frío en los huesos, no me percaté siquiera del ocaso, que hacía ya tiempo había desaparecido. Tan sólo era capaz de sentir sus cálidos, tiernos y apasionados labios.
-Creo que deberíamos marcharnos ya, es muy tarde. – dijo él.
-Como tú veas. – contesté sin ganas de que acabara ese día.
Semanas después, me regaló un anillo. Era nuestro aniversario, celebrábamos nuestro primer año juntos, disfrutando de una romántica cena a la luz de las velas, siendo la luna nuestro único testigo. Al acabar la cena, compartimos un paseo por nuestro parque, el mismo parque donde semanas antes presenciábamos el ocaso. Pero en esta ocasión ya era tarde, el parque estaba vacío, nadie en los alrededores, tan sólo nosotros, sólo él y yo. Mil y una cosas rondaban por mi cabeza, miles de pensamientos, palabras que deseé haberle dicho, palabras que me hubieran gustado oír, gritos ahogados que nunca salieron de mi garganta, lágrimas que nunca asomaron a sus ojos, fugaces miradas que decían lo que necesitábamos oír, y entre caricias, besos y suspiros, se hicieron las tantas de la madrugada y teniendo nuestra mutua compañía nos rendimos a la comodidad de nuestro banco, aquel banco que tantas veces fue testigo de nuestro amor.
-Una cena magnífica- le dije.
-¿Magnífica? Más que eso, apoteósica, inolvidable, imperfectamente perfecta o perfectamente imperfecta, lo dejo a tu elección, íntima y transcendente, aunque ni tan siquiera con todos los adjetivos del mundo la podríamos describir- me respondió.
-¿Ves? Me preguntaste ¿por qué tú?, ¿por qué te elegí a ti?, ¿por qué te quiero? ¿Cómo podría no quererte?
-Son sólo palabras, palabras que cualquier charlatán podría pronunciar.
- Y sin embargo, nadie lo hace…Porque no las sienten tal vez, porque a pesar de ser sólo palabras, pierden toda virtud si no tienen la particular secuencia que adquieren al salir por tus labios.- Tras un largo silencio, dije : - Es tarde ya, debería irme a casa. Mis padres me estarán esperando. – comenté.
- Siempre tus padres... – dijo con voz monótona.
-Sí, mis padres, ¿qué pasa con ellos? - respondí enfadada.
-¿Qué pasa con ellos?, que esto va de tú y yo, de nosotros, no de ellos. Ellos ya vivieron su historia, ahora nosotros viviremos la nuestra. No entiendo porque dejas que se entrometan, esto no les incumbe.
Al oír esas palabras, una sensación de asfixia inundó hasta la parte más pequeña de mi ser, como si alguien te oprimiera el pecho y no te dejara respirar. Sentía que mi cuerpo se volvía más pesado por momentos. Todo aquello en lo que creía, todo lo que rodeaba caía cual muralla derribada ante la superioridad del enemigo. Me sentía incapaz de asimilar lo que acababa de oír. Parecía imposible que él dijera algo así.
Una preciosa noche, una magnífica cena, un inolvidable paseo, todos ellos convertidos en la cara opuesta de la moneda. Una estúpida noche, en la que mantuvimos una estúpida discusión, entre gritos e injurias. Salí corriendo, como un alma despavorida, luchando por el camino conmigo misma y reprochándole una y otra vez el porqué de sus palabras, incapaz de dirigirle ninguna otra palabra que no fuera:
- <<Estúpido, estúpido y estúpido>>. Al llegar a casa, me enjugué las lágrimas que corrían por mi cara cual río caudaloso. Estaba cansada, mi cuerpo ya no aguantaba más. Cerré los ojos, aún enlagrimados, me rendí al sueño y viajé una vez más al mundo de los sueños un mundo enteramente mío donde todo salía conforme a mis deseos. Al amanecer de un nuevo día, él intentó dar conmigo de todas las maneras que se pueda imaginar, sin obtener respuesta alguna. Desgraciadamente, un día, sucedió algo que nunca debió ocurrir, no a él: Era tarde, un sombrío domingo, salió de una floristería, con un ramo de flores, acompañado de una nota que oraba: ‘’Necesito ver tus ojos, perderme navegando por ellos, y sentir que las fuerzas me abandonan cuando tu intensa mirada me atraviesa el alma, como adivinando cada pensamiento que pasa por mi cabeza. Si no es tarde para mí, me gustaría poder verlos una vez más. ’’ Tanta fue la mala suerte, que al cruzar la calle, sufrió un atroz ataque llevado a cabo por un indigente armado, cuyo único propósito era conseguir un par de monedas para comprar otro cartón de vino que le permitiera un día más olvidarse del mundo que le rodeaba y de la crueldad presente en cada esquina. Su intención no era matarle, ni mucho menos, pero Martín, ensimismado en sus pensamientos dio un brinco, situación que, el mendigo aun ebrio, interpretó como un ataque a su persona, y sin meditar la situación, en un intento de autodefensa, ante un peligro inexistente, clavó el cuchillo en la espalda de Martín. Rasgó su chaqueta, después su camisa y, por último, su piel, penetrando en lo más profundo de su torso, siendo tal la mala suerte, que desgarró el músculo cardíaco, privando a su cuerpo del único órgano que le mantenía con vida, su corazón.
‘’No puede ser, es imposible, estas cosas no suceden en la realidad’’ pensaba yo una y otra vez.
Varios meses más tarde, seguía autoculpándome de su muerte, ya que a mi parecer, yo tenía parte de esa culpa. Recorría una y otra vez los caminos que juntos solíamos transitar, solía ir a aquellos peculiares lugares que ambos frecuentábamos, siempre pensando que estaría, deseando encontrarlo, pero sabiendo que él nunca volvería a recorrerlos. Cada tarde, al igual que las anteriores, iba al parque, y me ocupaba aquel banco que tiempo atrás compartíamos los dos, y que siempre sería nuestro.
Permanecía sentada, hora tras hora mirando a los niños jugar, contemplando el atardecer de otro día que, sin él, llegaba a su fin. Impasible, observaba la gente apresurada por llegar a un sitio u otro y, sólo era capaz de recordar los efímeros momentos que compartíamos los dos cuando él aún estaba vivo. Me preguntaba una y otra vez, ¿por qué te has ido?, ¿por qué discutimos aquella noche?, ¿por qué te sigo queriendo? por qué, por qué y por qué…
Por última vez, me senté en el banco como siempre solía hacer, dejé que el viento me azotara en la cara, pero aquella vez, de forma diferente a todas las demás, un sentimiento de nostalgia, deseo de despedida, y sensación de alivio corría por mis venas. Sentí su presencia en el gélido viento, en una cálida ráfaga que se enredó en mi pelo, y acarició mi cara, recordando así el tacto de su piel. En ese instante lo vi claro, mi existencia en este mundo ya no tenía sentido, no si no era capaz de verte como un mero recuerdo feliz, algo hermoso e infinito, algo atemporal e incorpóreo, que va más allá de los recuerdos y que sin embargo no deja de ser uno. En ese instante podía recordar su rostro, podía recordar su sonrisa de blancos dentellados, recordar sus ojos, recordar y recordar, preguntándome, por última vez, por qué te fuiste sin decirme te quiero, por qué te fuiste sin poder darme un beso, por qué te fuiste sin poder decirme adiós.

Precioso, igual que la primera vez que lo leí. Quizás ahora me guste más, mucho mejor la expresión, los términos, y la forma. Más recatada y elegante, de más nivel.
ResponderEliminarDragos... Pastelón...
ResponderEliminarGracias (:
ResponderEliminar